Bajo fuego de agua y gases, guanacos y zorrillos a los cuatro vientos, piquetes de Fuerzas Demenciales apostados en cada cuadra, micros con nuestros jóvenes apresados… El centro de la capital convertido en un antro para ensayar golpes de agua contra pequeñas niñas que exigen la libertad de sus compañeros que están dentro de la micro de los pacos…
Emociona la actitud hermosa, viril, gigante de los muchachos del Instituto Nacional que resisten las arremetidas de los bestias que con escupitajos de estupidez no logran apagar las velas pacíficas del los niños… Tres, cuatro, cinco horas de resistencia… haciendo ruido contra el odio, gritando sus sueños de “muerte a la LOCE”, haciendo ruido para que la sordera política escuche, haciendo ruido para que se imponga la utopía de una educación para todos, con calidad y participación.
Bajo el fuego de la estupidez del estado, bajo la absurda y macabra represión, bajo la astucia de los ideólogos de otros tiempos convocando marchas aisladas, la transparencia de nuestros muchachos y muchachas remece los sueños y nos pone en alerta…
Los estudiantes secundarios convocaron a un paro nacional. En sus colegios, desde temprano, se preparan actividades de reflexión y actos culturales. Por otra parte, barricadas en distintos puntos de la región metropolitana anuncian que hoy será un día de estudio y debate, pero también de lucha callejera.

Por orden de la intendencia y del ministerio del interior, el centro se haya en estado de sitio. Seis puntos estratégicos de la alameda cubiertos con ‘fuerzas demenciales’ y asquerosos carros blindados, quizás las mismas recompuestas máquinas que aplastaban a los personajes de otro momento de nuestra historia. Todos los medios oficiales en las inmediaciones del Instituto Nacional y de la Universidad de Chile, con sus camionetas, inmensas cámaras forradas y los muñecos maquillados que entregan despachos en directo con la piel impermeable al frío, a la entrega, a la decisión de muchos frente a la inminente autoridad de siempre.
Algunos –apropiada o inapropiadamente, ¡qué más da!- venden limones, pues el aire verdaderamente está irrespirable por tantas lacrimógenas y polvo tóxico que circula sin discriminación. Las naturales reducciones de oxígeno y la restricción vehicular han perdido sentido. Aquí somos todos iguales: manifestantes, prensa, mirones, lanzas, circunstanciales caminantes; menos los pacos, encargados de sembrar el pánico y la violencia abusiva. Pese a esto, nos reímos cuando se escucha a uno de estos vendedores, arriesgadamente mojado, gritar: “A gamba y a cien chiquillos, pa’ que resistan y hagan cagar a estos culia’os”
En la tarde avanzamos hasta la biblioteca nacional, desde ahí podríamos pensar en hacernos oír o expresarle nuestro descontento al resto de la población, además, algunos sectores llegan por el llamado del FPMR a marchar con sus lienzos extendidos. Varios amigos están también allí. En cuanto apretamos los pies en el pavimento y enfilamos por la calle hacia quienes nos encierran, comienza el aullar brutal del armamento represor. Nos dispersan o encuevan sostenidamente. Puede ser que los viejos luchadores de la dictadura, los que perdieron tras la negociación política de la concertación, sientan que han olvidado la fuerza para resistir, por eso los jóvenes los convocan de nuevo a las calles. Es importante momento latinoamericano para tomar una actitud decidida, así, ni todos los guanacos del mundo podrán hacernos retroceder o acallar nuestro despertar, nuestro particular deseo de vivir y crecer.

El día transcurre con enfrentamientos sin tregua. Los pacos están armados de cámaras de video y desde cada micro nos filman. La misma tónica de represión: el guanaco dispersa, las lacrimógenas o el polvo lanzado por los zorrillos nos hiere para que esos que nos odian, detengan a cualquiera. Personas desmayadas, asfixiadas o golpeadas, niños de rodillas reventados de dolor, ancianos mojados, perros por doquier persiguiendo carrocería verde. Y entre todos, alguien reconoce a uno de los supuestos dados de baja el martes pasado por agresión a periodistas oficiales. Nada cambia: nuestros pequeños guerreros, detenidos y condenados judicialmente; los pacos impunes en la calle.
Pese a las condiciones, irónicamente parece privilegiarse la ‘normalidad’, por lo que a través del fuego cruzado, el transporte público avanza nervioso por la alameda. En el bandejón central, dos niñas cantan y saltan con un lienzo manchado entre sus manos. El chorro eficaz del guanaco las riega una y otra vez, pero ellas no desisten, gritan y bailan con juvenil energía, con el corazón osado a punto de reventar.

Sin embargo, la imagen que nos queda incrustada en la memoria se desarrolla al final del día en el Instituto Nacional. El entorno del que somos parte nos hace pensar en tiempos de sangre y dictadura. Las velas empuñadas por los estudiantes, nos traen nombres de amigos que ya no están; el golpe incesante en las rejas del liceo, se transforma en una arenga que motiva el crecimiento del fragor juvenil, que más personas se acerquen al lugar con sus palmas encendidas, que muchos jóvenes enfrenten a los pacos sin miedo; el llamado desde la Universidad de Chile a que los pobres, los trabajadores, los pobladores salgamos a la calle, nos evoca el discurso de despedida de Allende que tiene por fondo el sonido espectral de la balacera y los bombardeos, hoy son las silbantes lacrimógenas y las modernas lumas.
Regresamos cansados, con el cuerpo entumecido por el frío y la lluvia citadina, repletos de imágenes, con el ardor y la conmoción adheridos, maltrechos por las caídas y las carreras sin freno. Nos reconocimos en cada piedra, en las risas de esos niños y niñas trasnochados, pero animosos, en el pavimento barrido por el agua, en esos sueños tan soñados… Y regresamos dispuestos a enfrentar la patética mirada de quienes ayer pedían libertad y hoy hinchan sus culos en puestos de poder y tranquilidad negociada; dispuestos a enfrentar la obtusa posición de los medios oficiales de comunicación que traicionan la confianza y el respeto de quienes les creen.

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