Estábamos embalados en esto de las comunicaciones… Cada nueva oportunidad de mostrar –desde nuestras primitivas miradas- nos hacía sentirnos parte por un momento, de qué, es difícil saberlo, pues ni los partidos ni las religiones ideológicas nos habían llamado a la kalle. Buscábamos, con ingenua entrega, un nuevo modo de expresar la izquierda, un modo con menos lágrimas y más autoreconocimiento, una forma de encuentro, de amorosa subversión. Simplemente, aportar desde lo marginal a la visión de esta historia, desde los deseos y frustraciones que se desmadejan organizada o espontáneamente, desde el grito desgarrado de quién aún busca la justicia de los tribunales, el recuerdo de tantos y tantas caídas en el camino hacia la liberación, nuestros propios cuerpos reflejando la pasión de quién todo sueña, desde los que nos jugamos por ser librepensadores, de los que creen que el oficio desinteresado es lo único que nos hace sentir vivos…
Pero luego, este 11 de septiembre recién pasado, nos roban la cámara filmadora con las imágenes de la jornada. Habíamos llegado a la Pincoya justo cuando se prendían las primeras barricadas, en el momento en que nuestros vecinos salen con sus hijos a acompañar las fogatas, salen los pendejos amigos, los cabros más organizados, el sapo y la sapa, los narcos, la pinkoya diversa. Nos quedamos en el retén grabando la salida de los pakos y las poses de autoridad de los más bakanes con sus metralletas expectantes. Todo un ejército para reprimirnos. Fueron grabados sus rostros, sus manías, sus escondrijos predilectos. Se grabaron los periodistas de los canales oficiales que reporteaban escondidos y filmaban con sus súper zoom y sus focos, desde abajo, desde lejos, pero desde donde pueden grabar todos los rostros y entregarlos -con estúpido reconocimiento desde los mismos noticiarios- a los pakos o a la justicia para que se persiga y condene a cualquiera.
Así fue como tres superhéroes encapuchados, tapada la boca y la nariz con pañuelos del frente patriótico aparecieron tras nosotros. Golpearon y amenazaron. Estaban armados y eran grandotes eficaces y bien comidos. Se llevaron la cámara, pero dejaron al descubierto la solidaridad de unos vecinos, de unos flaytes pinkoyanos que lanzaron tiros al aire pa’ defender a los que son de ahí. Paradojal situación, escalofriantes conjeturas, hematoma en el hombro del lente. Pese a todo, coincidimos en la adrenalina y cómo se esfumó el miedo, aunque tal vez debimos cagarnos de susto. Sobre todo si pensamos que sólo somos dos sin respaldo económiko ni partidario ni familiar. Además, marginales, ateos, cesantes a cada rato, porfiados, solitarios y amargados… Y ni siquiera somos periodistas. Es pa’ cagarse de la risa…
Más adelante fue el tiempo de las especulaciones, las desconfianzas. Después de todo, nuestro discurso podía molestar a pakos, fachos o –inclusive- a sectores de izquierda que en sus actos demuestran sed por empadronar nuestras conductas y conciencias… La realidad nos demostraba ahora estar hecha para los vivos (los pulentos, astutos, previsores, en fin) y/o para los que pertenecen a un grupo que los mueve.
Entonces, nos detuvimos a pensar, a trabajar la autocrítica. Revisamos nuestros apuntes, recordamos antiguas conversas y discutimos, otra vez, con optimismo y pesimismo. En este pequeño proceso que viene desde antes de bajo fuego, con una orgánica bella, con un sitio y una revista local, con las ganas de crear y hacer, fuimos tomando partido sin romper con las antiguas trancas burguesas de nombrar la realidad. Han resultado cosas buenas y, sin ninguna duda, hemos crecido en pelos y patas, pero falta camino y las condiciones para ejercerlo y reconfortar el diálogo con otros actores, son miserables. En estos días hubo de todo: la enfermiza paranoia en la que nos crían estos sistemas, la revisión por el modo y la forma en que hemos dicho o hemos estado, la tristeza del que observa el separatismo, las ganas de discutir y haber constatado la reducción implacable de los espacios de encuentro. Además, no somos visitantes de universidades o instituciones, no buscamos la comunicación en el vientre de las parcelas, nos gusta hablar con estudiantes, trabajadores, personas, en cualquier sitio y sin protocolo. No nos sentimos artistas ni periodistas ni revolucionarios iluminados, aunque creamos en este híbrido raro que es Bajo Fuego: información, interpretación y creación estética.
En definitiva, hemos decidido terminar con este espacio virtual, pero sin irnos para la casa. Inventaremos nuevas fórmulas según los medios de que dispongamos, porque somos trabajadores de la expresión, registro de nuestro contexto histórico y parásitos disconformes de una sociedad que suda éxito superfluo. Nos seguiremos manteniendo al margen de la institucionalidad para no servir intereses de un sistema que nos guillotina las extremidades impidiéndonos el vuelo, la mirada hacia el cielo o la velocidad del impulso…
Un proceso y un formato se han extinguido, pero no así la posibilidad y la búsqueda de nuevos horizontes utópicos. Cada uno de ustedes ha adquirido la responsabilidad (si se le quiere dar olor de compromiso) de no callar, de no mantenerse inmóviles y sumisos, de soñar una fórmula distinta de supervivencia y de respiro…
14.11.06
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